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viernes, 7 de abril de 2017




Pues nada, que se puede comprar ya. Desde aquí o, imagino (iré avisando cuando lo tenga claro), en los puntos de venta habituales de la Jot Down. Un buen montón de páginas, un buen montón de colaboradores, un buen resumen de lo que el medio (los tebeos) dio de sí el pasado año.



(Y sí, he escrito un par de cosillas sobre dos de mis libros preferidos de 2016.)


miércoles, 11 de enero de 2017

Bueno, listas. 

A ver.

Quiero decir, si ya ha publicado Álvaro Pons las suyas, tiene poco sentido que yo ande picoteando de aquí y de allí, repasando lo poco que haya ido anotando aquí mismo y que intente hacer memoria, cuando es obvio que se me van a olvidar cosas importantes.

De todas formas, hay algunas cosas, títulos, nombres, que sí me gustaría señalar o recordar. 

Primero, Martín López Lam, que ha publicado a lo largo del año tres libros, tres: Sirio, Gialla y El título no corresponde. Que son como tres puñetazos en la mesa, y que no me canso de volver a mirar una y otra vez. 

Luego, los Cuadernos japoneses de Igort

Retornos esperados: Luis Durán y Joann Sfar. (También Jali.) 

La sorpresa estimulante de Epigrafías, de Carla Berrocal. Y la confirmación de FHNavarro con su maravilloso Hopper.

Álvaro Ortiz, que firmó Dos holandeses en Nápoles para el museo Thyssen y se curró después una compilación en cinemascope de sus cuadernos de viajes. (Y más tebeos de museo: Max, sobre El Bosco, para el Prado.)

Revistas: La Resistencia y Voltio

Manel Fontdevila y el señor Monteys.

Más sorpresas de las buenas: La reina orquídea, de Borja González, y Que no, que no me muero, de María Hernández Martí y Javi de Castro.


Amor y cohetes para separar fases, que diría el maestro Juan de Pablos.



En lo que respecta a libros sin dibujos, el año pasado descubrí a Caitlin Moran,  que me entusiasmó, y ahora tengo una pila (pequeñita, pero pila) de cosas suyas por leer. Me volvió loco, de otra manera, También esto pasará, de Milena Busquets. Gocé con el Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, de Pérez Andújar. Descubrí también a Gonzalo Maier y a Paco Inclán y me terminé de enganchar a Marcos Ordóñez por culpa de su Juegos reunidos



En fin, qué sé yo. A ver si este año me impongo a mí mismo un poco de orden y el próximo enero hago una lista presentable. 

jueves, 5 de mayo de 2016

Hoy se inaugura el Salón del Cómic de Barcelona. Tampoco este año voy: estas cosas me dan mucha pereza incluso cuando las tengo cerca, así que si tengo que desplazarme se me hace todo MUY cuesta arriba.

A lo que vamos: se abre el Salón, y la avalancha de novedades estará empezando a llegar a las tiendas. Lo que se ha distribuido en las recientes semanas es muy posible que desaparezca de la vista, y hasta de nuestra memoria (de la mía, seguro, que soy como soy). Y alguna cosa interesante pasará sin pena ni gloria justo por eso: falta de tiempo y oportunidad para que el curioso pueda hojearlo dos veces seguidas y plantearse si se lo lleva a casa.


Se me ocurren dos libros que sí he leído y que no merecen pasar desapercibidos: Cuadernos japoneses, de Igort (Salamandra Graphic) y Malaria, de Jali (Astiberri). El primero es un curioso artefacto, más o menos autobiográfico, en el que el autor italiano, histórico de la vanguardia y que compartió en tiempos trinchera con gente como Mattotti o Carpinteri, reflexiona sobre su amor por un Japón que tiene mucho de espacio mítico, y lo hace a partir de su experiencia personal como mangaka (trabajó para la industria nipona con un relativo éxito), narrando su estancia en aquellas tierras y mezclando con habilidad sus recuerdos, trabajos propios de diferentes épocas y notas biográficas de figuras históricas del manga, el anime o la ilustración clásica de allí (Tezuka, Hiroshige, Miyazaki). El conjunto, de una sorprendente armonía pese a los constantes cambios de registros narrativos y gráficos, proporciona una lectura vivificante y muy intensa, y deja un estimulante poso de melancolía bien entendida. A mí, que me gusta mucho lo que he leído de Igort, Cuadernos japoneses es lo que más he disfrutado suyo.


En cuanto a Malaria, qué voy a decir. Es un placer reencontrarse con el mundo tenebroso y emocionante de Jali, un creador que se prodiga demasiado poco y que aquí entrega otra de sus fábulas de ternura esquinada, con ecos explícitos de El Mago de Oz. Un librito que le ha costado mucho tiempo completar, porque lo primero es lo primero y hay que comer todos los días, pero que se lee en un suspiro y con la sensación de que te lo están contando al oído. Jali, dueño de un imaginario personal e inconfundible, maneja los tiempos como no lo hace casi nadie, y se recrea en recursos de narrativa gráfica espectaculares y muy de tebeo que uno, lector viejo, agradece siempre. Ojalá Malaria, que es un libro pequeñito, no se haga invisible y tenga el largo recorrido que merece.


Por lo demás, bien. Amanece nuboso, el calor impertinente de los últimos días parece que remite.

Días tranquilos en el edificio Baxter. 

miércoles, 20 de enero de 2016



Fulgencio Pimentel ha editado, con el mimo habitual, un libro que se llama Sirio y que está firmado por Martín López Lam. Un libro que, en la web de la editorial, definen como thriller terrenal: ahí hablan también de texturas y atmósferas, de Mazzuchelli y de Hayashi, de Cheever y de Carver. Son maneras de contextualizar, puntos de referencia, claves.




Lo he leído estos días y lo tengo a mano todavía. Me gusta hojearlo, me gusta perderme en sus imágenes. Cuenta una historia intensa, y lo hace con sobreentendidos y con elipsis, pero también con la expresividad de unas imágenes potentes, barrocas a veces, deslumbrantes. Sirio es un libro sensual y sensorial. La literatura no está en sus palabras, o no solamente: el peso  recae sobre todo en lo gráfico, en la elección de colores, en el sampleado de viñetas ajenas, en la saturación. También en los silencios, y en los sonidos que pueblan las noches: todo lo que no son palabras, todo lo que sustituye a las palabras.




Me ha recordado, sin que tenga nada que ver y aunque en lo formal estén en polos opuestos (y porque mi cabeza funciona así), a ese libro de Sinsentido que pasó demasiado desapercibido: Barcazza, de Francesco Cattani.